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La fotografía del cadáver de José Calvo Sotelo sobre una mesa, con la cara deformada, la pechera de la camisa ensangrentada, el sombrero y la chaqueta arrebujados, resume fielmente el espíritu del Frente Popular (Girauta)

1 Junio 2007

“Mayo, 1937: La desmemoria histórica”

“Mayo, 1937: La desmemoria histórica”

Publicado en El Mundo 31/5/2007


Fernando García de Cortázar

No hace falta acudir a las últimas películas bélicas de Clint Eastwood para saber que con la conmemoración de ciertos sucesos trágicos puede obtenerse el efecto contrario al públicamente confesado. Ha ocurrido así demasiadas veces. Hilvanados de manera afectiva y dolorosa, al abrigo de dudas y revisiones, a menudo, los monumentos, los cenotafios, los minutos de silencio… no dicen: “para que no olvidemos”. Dicen: “para que no recordemos”. No son una requisitoria para conocer y dar a conocer los hechos en su incandescente realidad. Son una selección parcial y autocomplaciente de los acontecimientos.

Hablo de la frágil frontera que hay entre la conmemoración y el olvido, entre el culto a los muertos y la tergiversación del drama que se llora, porque, desde hace tiempo, la sociedad española vive la inflación de una memoria que se ha designado a sí misma con el benevolente adjetivo de “histórica”. Una pasión retrospectiva que nos ha conminado a la rememoración obsesiva de la guerra civil. Y no para despertar tras la amnesia, como dice la izquierda intelectual y política, sino para consagrar una visión profundamente maniquea y distorsionada de los acontecimientos.

Luz deslumbrante de romanticismos, nada más fácil hoy que entender como una guerra entre un único culpable, encarnación del mal y el fascismo, y una riquísima legión de inocentes, encarnación del bien y la democracia. Nada más cómodo que trazar una línea divisoria entre los crímenes cometidos en uno y otro bando: mientras en el franquista serían el resultado de una calculada política de exterminio en el republicano se diluyen en una supuesta reacción del pueblo oprimido. Nada más fácil que hacer del bando acaudillado por Franco un monolito de lo grotesco y lo asesino. O sugerir que las iglesias sólo eran atacadas cuando los fascistas las utilizaban como fortalezas.

Digámoslo una vez más: identificar la democracia con los republicanos es, además de un mayúsculo anacronismo, una gran falla histórica. Socialistas, anarquistas, comunistas, revolucionarios del POUM… no combatieron en defensa de la legalidad republicana, que consideraban de papel, sino por la construcción de una sociedad y un país distinto al demoliberal de 1931. Lucharon por… una revolución, ilusión que no sólo acompaña su historia: es constitutivo de ella. Todos ellos, además, siempre se gloriaron de lo que querían ser y, por consiguiente, llegarían a ser.

En el siglo XIX el ejército inglés tenía una compañía que recogía los huesos de los campos de batalla europeos para molerlos y usarlos como fertilizante. Bien: conjurar la faceta revolucionaria de un sinfín de combatientes republicanos no sólo significa borrarles el rostro, arrebatarles el nombre y la promesa, negarles su ser y sus siglas, hurtarles su alma prometeica. No sólo supone convertirlos en abstractos defensores de aquello que siempre fue objeto de sus detracciones: el universo burgués. También supone reutilizar la fisonomía democrática que les dibujamos como fertilizante de nuestras actuales refriegas políticas.

Ni que decir tiene que este revisionismo sentimental a base de mentiras descaradas es un factor utilísimo para la izquierda hoy en el poder, que ha sido quien ha lanzado la ofensiva. Sobre todo porque se declara única heredera de una tradición y un pasado que se quiere presentar como valor intrínseco, como nueva religiosidad. Sobre todo si felizmente se logra identificar a la derecha actual con el negro fantasma del franquismo. Como si disfrazarnos con las máscaras del ayer o responsabilizarnos los unos a los otros de fusilamientos y bombardeos equivaliera a establecer los hechos y situarlos en su contexto. Como si decir que la narración de la historia corresponde a la ley fuera algo tan inofensivo como una vuelta en un tiovivo. Recuérdese el exilio. Recuérdese los fusilamientos franquistas. Recuérdese Guernica. Hágase contrición. Pídase perdón…

Sólo podemos enfrentarnos a la verdad que se oculta tras el luto nacional liberándonos de las abstracciones, sólo hacemos justicia a los combatientes si los recordamos tal como fueron, si escribimos su nombre, todos los nombres, yendo hasta el final del drama.

Pero la vía de la memoria histórica es otra. Lo documenta el silencio que ha rodeado a mayo en su aniversario, Barcelona en sus violentos combates entre anarquistas, miembros del POUM y comunistas. Porque los sucesos de mayo de 1937 son más importantes de lo que podrían parecer a simple vista. Separan la realidad del mito. Y reflejan dos hechos sobre los que existe un claro consenso historiográfico. Primero: la República que nació el 14 de abril de 1931 había muerto antes de que acabara la guerra civil. Segundo: en el bando republicano, bajo el estandarte unificado de su carácter resistencial al fascismo, además de la llama apagada de una izquierda liberal, latía un volcán de pequeñas repúblicas revolucionarias y de poderes que se ejercían a punta de fusil, con su séquito de violencias y de asesinatos, un volcán de fuerzas heterogéneas, hostiles unas a otras.

No hay mejor testigo de lo primero que Manuel Azaña. Tentado por el abandono ya en 1936, después de comprobar que la crueldad y la venganza, “hijas del miedo y la cobardía”, también definían su propio campo, el presidente de la Segunda República vivió paralizado, sitiado en Barcelona, los sucesos de mayo. Leyendo sus diarios se da uno cuenta de la gravedad de la guerra civil para aquellos a quienes no les parece la aurora de un nuevo día sino el crepúsculo del anterior. En su cuaderno de la Pobleta, 20 de mayo de 1937, refiriéndose al histérico espectáculo revolucionario que le ha ofrecido la ruidosa Ciudad Condal, escribe: “Aquí no queda nada: gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos, fuerza armada: nada existe.”

Testigo de lo segundo: Orwell. Tras el liberal que ha querido gobernar con un buen discurso, el último romántico. Los días del fascismo están en su apogeo. Orwell no lo duda ni un segundo. Si viaja a España como miliciano es para luchar “contra el fascismo”. Si se le pregunta por qué, contesta: “por simple decencia”. Pero, después de la persecución que sufre en Barcelona, como miembro del POUM , vuelve a Londres con la convicción de que la guerra civil española es un fraude. Orwell sabe bien lo que dice. Es uno de los rarísimos intelectuales comprometidos del siglo que es capaz de ver y que coloca la realidad por encima de la abstracción. Siguiéndole, escuchamos los pistoletazos de una sindical contra otra y descubrimos parte del papel desempañado por el partido comunista, que tras la máscara de la autoridad pública y el orden republicano efectúa la conquista del poder y la confiscación de la libertad. Siguiéndole, vemos cómo se deshace el resorte político del antifascismo y cómo los servicios soviéticos crean un doble fondo de prácticas policíacas, con sus procedimientos, sus agentes, sus prisiones independientes del Estado. Toda la represión que liquida a los revolucionarios del POUM y quebranta el entusiasmo anarquista después de las sangrientas jornadas de mayo de 1937 llevaría el inconfundible sello comunista: las acusaciones, la falsificación de testimonios, las confesiones obtenidas por medio de la tortura, los asesinatos.

No se trata – un ejemplo – de elevar el asesinato de Nin , líder del POUM , al grado de mayor crimen de la guerra civil. Se trata – por seguir con el mismo ejemplo – de no repetir el desinterés respecto de la verdad que mostró el jefe de gobierno Negrín cuando a la pregunta de su ministro Irujo “Nin no ha aparecido”, contestó: “¿Qué importa? Es uno más.” Se trata de no borrar el rostro de la guerra en el bando republicano bajo un amplio y único colorete de pasiones democráticas.

Antes, los que no aprendían de la historia tenían que repetirla, pero eso fue así solo hasta que descubrimos la forma de convencer a todo el mundo, incluso a nosotros mismos, de que la historia nunca sucedió. O de que sucedió de la manera más conveniente a los propios fines. O, mejor aún, de que la historia no importa, en cualquier caso, más que para hacer un discurso de bajo nivel intelectual con el que dar un ladrillazo al adversario político o prolongar el exabrupto victimista.

Época extraña la que vivimos hoy en España. Dondequiera triunfan las filosofías del doble pensamiento, y con ellas, ese romanticismo de mala ley que prefiere sentir a comprender, como si ambas cosas pudieran separarse. Época en la que la izquierda intelectual y política denuncia el fascismo del pasado y reviste al comportamiento totalitario de Otegi y compañía con los halagos de la urna electoral. Época de doble moral, doble palabra. Época, en fin, de maltrato de la inteligencia, en la que se manipula el pasado y se nos hurta el presente, en la que hemos visto cómo el presidente del Gobierno, al igual que Negrin en 1937 , puede dedicarse al servicio de la ignorancia cuando es profunda la necesidad de ilusión.

Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea, que ha publicado recientemente Los perdedores de la Historia de España( editorial Planeta)

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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

lo-que-hay

lo-que-hay dijo

Hola REPUBLICA
Tan sólo quedan dos días para que la inmensa mayoría de las personas inicien sus vacaciones de verano, y después de un año de intenso trabajo nos merecemos unos día de descanso.

Saludos y felices vacaciones
Juan

29 Julio 2007 | 11:25 PM

migueltesorillo

migueltesorillo dijo

Azaña es muy distinto en 1936-39 que unos años antes. No dio orden de matar a todos los anarquistas cogidos con armas en la rebelión del Alto llobregat, defendió la Ley de defensa de la república y la uso con contundencia contra sus enemigos. Después de comenzada la guerra, cambio por la violencia o por hacerse contra gente, que él estimaba.

25 Septiembre 2008 | 04:39 PM

EL LIBRO DEL CAPITAN

EL LIBRO DEL CAPITAN dijo

Se ha celebrado en pasadas fechas el 40 aniversario de un viaje al espacio, de una llegada a un lugar más que remoto -la Luna- y de un paso pequeño para el hombre, pero un gran paso para la humanidad. El triunfo del hombre sobre las estrellas, la demostración de que no hay fronteras que nuestra sociedad no pueda cruzar. Es decir, la prosa que se acostumbra en estos casos. Es una efeméride de gran importancia -no cabe duda- científica, tecnológica y también, por qué no decirlo, económica.Pero hay otras efemérides. Otras historias, a escala más humana y más local, que no tuvieron la posibilidad de ser filmadas, ni retransmitidas por el orbe y que a pesar de ello aún pueden ser recordadas ya que son más cercanas a nosotros, ya que tienen en sí mismas lo mejor del ser humano, su humanidad. Y es que me parece que -en este mundo inconscientemente globalizado- las historias vitales de hombres, mujeres y niños, son más adecuadas de celebrar por ser las verdaderamente humanas.
El siguiente relato es una muestra. Se acerca su efeméride. Se cumplen 70 años. Y justo ahora que el grupo musical chileno -y latinoamericano- de mayor trayectoria y con más conciertos en el mundo, Inti Illimani, ha actuado en Bilbao, en Aste Nagusia 2009, recuerdo las conversaciones que mantenía con Jorge Coulon Larrañaga (fundador y director del grupo) hace unos meses recorriendo los cerros de Valparaíso, ciudad y puerto principal de Chile y de cómo coincidimos, en la deuda histórica que se tiene con un barco, el Winnipeg, con sus pasajeros, con un poeta, con una historia que, sin dudarlo, merece ser contada y recordada. Es la historia de una travesía que empieza en el Golfo de Bizkaia, sigue por el océano Atlántico y termina en el océano Pacífico y de cómo la blanca estela que dejara en estos océanos se transformó en un surco en tierras lejanas donde llegaron semillas que germinaron y seguirán germinando. Ésta es la historia:
Cuando en 1939 le nombran cónsul especial en París, Neftalí Reyes Basualto no imaginaba -o puede que sí- que estaba apunto de iniciar el camino que le llevaría a realizar su mejor obra. Él mismo -con el pseudónimo de Pablo Neruda, como se le conoce- le había propuesto a Pedro Aguirre Cerda, entonces presidente de Chile, llevar a ese país profesionales que huían de la Guerra Civil española o que estaban en campos de hacinamiento en Francia. La respuesta fue "sí, tráigame vascos, castellanos y extremeños, tenemos trabajo para ellos...".
Neruda sentía, como propio, el dolor de esas gentes. Su conciencia humanista, su alma sensible de poeta y los recuerdos de García-Lorca -y de su asesinato-, de la generación del 27 y de otros, entre ellos los poetas vascos Gabriel Celaya, Blas de Otero, el cual le dedica su poema Guernica, le susurraban, a veces, le gritaban, las más, que algo se debía hacer.
Así empieza a dar forma en su cabeza el viaje del Winnipeg, un destartalado carguero de 5.000 toneladas que nunca llevó más de setenta u ochenta personas a bordo, además de cacao, sacos de café y de arroz. Ahora le estaba destinado un cargamento más importante: la esperanza. Uno de los viajeros recuerda cómo subió al barco: "¿Usted es trabajador de corcho?", le preguntó Neruda. "Sí, señor", dijo el hombre con siete hijos. "Hay una equivocación porque en Chile -replicó el poeta- no hay alcornoques". "Pues los habrá de ahora en adelante", respondió. "Suba al barco. Usted es de los hombres que se necesitan".
Luego de habilitar con literas los seis pisos de las bodegas, alrededor de dos mil personas, vascos muchos de ellos, iniciarían un viaje de vida y hacia la vida misma. En efecto, el Winnipeg es el símbolo de la lucha de unos hombres para la dignidad de otros, de empeñar parte de la vida propia para brindársela a otros, en definitiva del triunfo de la humanidad sobre la sinrazón.
El 4 de agosto de 1939 zarpa la vetusta nave desde el puerto francés de Pauillac. Muchos de sus pasajeros no sabían a qué país extraño y exótico se dirigían. Otros decían que su destino estaba en el extremo sur de América, pero no sabían dónde. Situarlo no importaba. El viaje sería largo y difícil pero a buen seguro -de llegar a destino- les esperaba una vida mejor.
Sin embargo había peligros que debieron sortear : submarinos alemanes que atacaban embarcaciones y la posibilidad siempre constante de que buques franquistas les abordasen y devolviesen al infierno de la guerra. Sin contar con el hacinamiento de dos mil almas en una embarcación no construida para tal número que hacía del viaje una penosa odisea. Pero entre todas esas penurias, también hubo tiempo para la esperanza, bodas a bordo, nacimientos, e incluso el habilitar botes salvavidas en una especie de tálamo amatorio para la intimidad de las parejas. Al pasar por el canal de Panamá, otra dificultad, no se había contemplado el peaje por cruzarlo. Una vez solventada la situación, se alcanza el océano Pacífico. Una nueva vida estaba cada vez más cerca. Lejos, cada vez más lejos, el horror y la desesperanza.
Quiso el destino que el primero en subir al Winnipeg, una vez atracado en Valparaíso, fuese un joven Salvador Allende Gossens, médico y ministro de Salud, quien encabezaba un equipo sanitario para atender a los "nuevos chilenos". El mismo presidente Allende del discurso de las Grandes Alamedas por donde pasearía el hombre libre para construir una sociedad más justa. Era el 3 de septiembre de 1939.
Los recién llegados fueron distribuidos por la loca geografía de aquel país. Cada pasajero del Winnipeg, en cualquier lugar de Chile donde se instaló, retribuyó con lo mejor de sí, tanto en las artes, en el comercio, en las ciencias, agradeciendo de ese modo a quienes encarnaron, más que una liberación, un proyecto de vida en paz y libertad.
Vivimos tiempos en los que los iconos son más importantes que las personas. En el caso de Neruda, sabemos de un poeta universal y premio Nobel de Literatura, pero esa dimensión nos aleja de la persona y de su verdadera obra, la de dimensión humana. Sucede con Salvador Allende y con Víctor Jara (director de teatro y cantautor, el de Te Recuerdo Amanda). La dimensión de su trágica muerte no debe empañar el cómo vivieron. Nos legaron con su obra -la profesional y la vital- herramientas de vida. Coincido también con Jorge Coulon en esto. Lo dice Víctor Jara (su amigo) en la canción Vientos del Pueblo que interpreta Inti Illimani: "...así cantara el poeta, mientras el alma le suene, por los caminos del pueblo, desde ahora y para siempre".
Si visitan Chile, acérquense a Isla Negra y a la casa de Neruda. Podrán entre olas del mar y caracolas, entre mascarones de proa y una vieja locomotora a vapor, ver el pasaporte diplomático de Neftalí Reyes Basualto y hasta es posible que el rumor del mar, les haga oír las voces de los pasajeros de Winnipeg.
EL LIBRO DEL CAPITAN

15 Septiembre 2009 | 04:09 AM

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