Setenta años del alzamineto del 18 de julio: «Es tarde, muy tarde. Ya no podemos parar a nuestras masas»
Setenta años del alzamineto del 18 de julio: «Es tarde, muy tarde. Ya no podemos parar a nuestras masas»
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En la madrugada del 19 de julio de 1936, Azaña intentó formar un gobierno de conciliación para evitar la guerra civil. No fue posible
17 de julio de 1936. Han pasado cuatro días de angustia desde el asesinato de Calvo Sotelo cuando llega la temida noticia: el Ejército de África se ha sublevado. En Madrid, el gobierno de Casares Quiroga se niega a armar al pueblo y Azaña intenta una paz desesperada.
Alfredo Semprún
Milicianos en el primer reparto de armas del gobierno tras el alzamiento
El General Francisco Franco pasea junto a Mola por una calle de Burgos
La noche del 18 de julio, Santiago Casares Quiroga, ya dimitido como jefe de Gobierno y ministro de Guerra, había, simplemente, desaparecido. No le encontraban en su casa, ni en la presidencia del Consejo, ni en el Palacio Nacional, ni en el enrevesado caserón del Ministerio de Guerra. El diputado Bernardo Giner de los Ríos y varios de los ayudantes militares de Casares decidieron movilizar a la guardia y revisar, uno por uno, todos los despachos del caserón. «Se ha debido pegar un tiro», decían. Y en el fondo de sus corazones, quien más o quien menos, consideraban que el suicidio del político masón sería la salida más digna para el hombre que no había sabido ni imponer el orden público a las izquierdas, ni oponerse a la sublevación militar de las derechas.
El diputado socialista, y también masón, Simeón Vidarte participó activamente en el búsqueda del ex-presidente. Noche febril en Madrid, preñada de rumores: «Ha caído Sevilla en manos de Queipo», «Franco está en Melilla», «se escuchan disparos en Getafe»... «Abrimos y cerramos puertas», recordaría años más tarde Vidarte. «En el antiguo despacho de Casares encontramos al general Miaja, paseando, como enjaulado, de un extremo a otro de la habitación. Hablaba solo. “No, no quiero ser ministro de Guerra, decía el general. No quiero ser ministro”. Nos cruzamos con varios oficiales que también estaban buscando el cuerpo del presidente. De pronto se oyen voces de júbilo. Uno de los oficiales ha encontrado a Casares en una de las más remotas habitaciones. Tendido en un diván, durmiendo...»
Santiago Casares Quiroga, sin duda el político más odiado por todos en aquella noche de la tragedia, descansaba, por fín. Para él habían transcurrido cinco días atroces desde que el comando policíaco que mandaba el capitán de la Guardia Civil y militante socialista Fernado Condés había dejado tirado a las puertas del cementerio del Este el cadáver de José Calvo Sotelo, líder de la derecha monárquica y una de las bestias negras de la izquierda. Cinco días atroces que habían terminado con la sublevación del ejército de África y su negativa firme y rotunda a «armar al pueblo».
Parar lo inevitable. Pero Casares ya no podía más. La tuberculosis, que le provocaba momentos de exaltación y negras depresiones, jugaba en su contra. Dimitió y se echó a dormir.
No muy lejos de allí, calle Mayor abajo, en el Palacio Nacional, el presidente de la República, Manuel Azaña, intentaba parar lo inevitable. A última hora, ante los hechos consumados, iba a buscar una transacción con la derecha y con los militares, que impidiera la catástrofe. Había dispuesto de cinco días, pero fiado en las garantías que le daba Casares de que cualquier sublevación estaba condenada al fracaso, se limitó a esperar los acontecimientos. Y ahora ¿era demasiado tarde?
Azaña conocía perfectamente el dilema que había paralizado la voluntad de Casares Quiroga: cómo hacer frente a la rebelión militar sin desencadenar la revolución proletaria. Era preciso un pacto, un auténtico acto patriótico, pero que dejara en manos del gobierno los resortes del poder. Y eligió a su viejo correligionario Diego Martínez Barrrio, presidente del Parlamento, Gran Maestre de la Masonería, conservador republicano, aunque enemigo implacable de la derecha católica, para una misión imposible: formar un gobierno de concentración nacional, lo más amplio posible, para hacer frente a la rebelión. Quedarían excluidos los comunistas y las derechas no republicanas; es decir, medio país, pero a cambio se prometía un gobierno fuerte que recondujera la situación del Orden Público y acabara con las provocaciones revolucionarias.
Y, como garantía, ofrecía nada menos que la cartera de Guerra y la de Gobernación a los militares que dieran más confianza a las asustadas e indignadas derechas. Después de la Guerra, Martínez Barrio le escribió a Salvador de Madariaga su versión de lo sucedido, para culpar directamente de su fracasado gobierno a los socialistas de Largo Caballero: «Empecé las gestiones hablando con Marcelino Domingo y Sánchez Román. Ambos me ofrecieron su cooperación. En el intervalo tuve una conversación telefónica con el presidente (Azaña), que me dijo que no hiciera requerimiento alguno al señor Maura, porque éste se negaba a formar parte del gobierno proyectado. Seguí entonces las conversaciones dirigiéndome a los socialistas. Éstos, que horas antes habían ofrecido su colaboración directa y personal a Santiago Casares Quiroga, me la negaron a mí. El gobierno murió a manos de los socialistas de Caballero y de los comunistas. Y de algunos republicanos irresponsables».
Revolución inminente. No se puede, sin embargo, culpar a todos los socialistas. Prieto y Besteiro, dirigentes de la facciones llamadas «moderadas», hubieran colaborado de corazón. Pero Largo Caballero, el «lenin español» y lider indiscutible de la poderosa UGT, maniobraba con los ojos puestos en la inminente revolución. Porque en el ánimo de los movimientos obreros, el golpe no era un problema; era una oportunidad. Durante esa madrugada agitada, mientras Martínez Barrio intenta reconducir la situación, los militares socialistas de la UMRA (Unión Militar Republicana Antifacista), los mismos que habían organizado el asesinato de Calvo Sotelo, comenzaban a ocupar los puestos clave de los ministerios de Guerra, Gobernación y Marina.
Simeón Vidarte, el diputado socialista que buscaba el supuesto cadáver de Casares, nos ha revelado parte del complot: «Llegamos a las traseras del Ministerio de la Guerra. Pregunto por el capitán Barceló.
-¿Es usted el diputado Vidarte, del Frente Popular?
-Yo mismo.
-Le está esperando a usted.
Traspaso la puerta. Espero, espero... Aparece el capitán Barceló con varios soldados que vienen transportando unos pesados cajones que cargan en los tres automóviles (son un millar de pistolas). Barceló habla con los conductores de los vehículos y les da a cada uno un salvoconducto. Echo la vista por encima del hombro del capitán. Veo que llevan el sello del ministerio de la Guerra.
-Si les detienen, ustedes no saben nada. Es un traslado de armas del Ministerio a Campamento. ¿Van lejos de aquí?
-No, muy cerca.
-Ojalá tengan suerte».
Las armas llegaron diez minutos después a la Casa del Pueblo del PSOE, en la calle Piamonte. Se estaba gestionando la salida clandestina de otro cargamento de armas en Gobernación y en Campamento. Al mismo tiempo, los anarquistas desempolvaban los alijos escondidos desde Octubre. Y en la calle, al correrse el rumor de que Martínez Barrio y Azaña querían organizar un «gobierno de paz», algunos cientos de personas se concentraron frente al Palacio gritando ¡traición! y ¡armas para el pueblo! Período dictatorial.
En La Granja, en Segovia, Miguel Maura, el viejo monárquico reconvertido en el ala derecha de la República, esperaba la resolución de la crisis para acudir a Madrid. Había puesto una sola condición para participar en el gobierno de salvación nacional: que éste ejerciera un periódo dictatorial, Dictadura Republicana, hasta que revolucionarios y rebeldes fueran metidos en cintura. Pero no habría ocasión. Manuel Azaña, desalentado, toma el teléfono cuando empieza a rayar el alba del día 19 de julio:
«-¿Don Miguel Maura? Le llama de nuevo el presidente de la República.
-Diga, diga, amigo Azaña...
-Buenas noches, le he hecho esperar la respuesta pues deseaba hablarle sin testigos. A su propuesta se han adherido la mayoría: Martínez Barrio, Giral, Prieto, Besteiro, Viñuales, Amós Salvador, Fernando de los Ríos, Sánchez Román... Pero, amigo Maura, Largo Caballero ha manifestado que él se oponía, y que desencadenaría la revolución social. Una amenaza que no sé si pueda calificarse siquiera de velada...
-En ese caso, señor Presidente, es completamente inútil que vaya a Madrid.
-Hemos de esforzarnos todos, amigo Maura; con la oposición decidida de las masas obreras con que Largo Caballero nos ha amenazado, no podíamos intentar nada. Amigos y enemigos nos hacen la jornada difícil».
Martínez Barrio tiró la toalla cuando comprendió que su gobierno iba a nacer muerto. Tampoco había conseguido convencer a los del otro bando, a los rebeldes. De todas las versiones que existen de su conversación con el general Mola, ya sublevado, ésta parece la que goza de más fiabilidad.
«-En este momento, los socialistas están dispuestos a armar al pueblo. Con ello desaparecerán la República y la democracia. Debemos pensar en España. Hay que evitar a toda costa la guerra civil. Estoy dispuesto a ofrecerles a ustedes, los militares, las carteras que quieran y en las condiciones que quieran. Exigiremos responsabilidades por todo lo ocurrido hasta ahora y repararemos los daños causados.
-Lo que usted me propone es ya imposible. Las calles de Pamplona está llenas de requetés. Desde mi balcón no veo más que boinas rojas. Todo el mundo está preparado para la lucha. Si yo digo ahora a estos hombres que he llegado a un acuerdo con usted, la primera cabeza que rueda es la mía. Y lo mismo le ocurrirá a usted en Madrid. Ninguno de los dos podemos dominar a nuestras masas. Es tarde, muy tarde».
Después de la guerra, desde el exilio, Martínez Barrio se lamentaría profundamente de no haberle ofrecido la cartera de Guerra al coronel Aranda. «Por lo menos, decía, hubiéramos despejado el enigma de si estaba con ellos o con nosotros y no se hubiera perdido Oviedo». El último intento de evitar la guerra, quizás tardío e incompleto al no contar con el principal partido de la derecha, la CEDA de Gil Robles, había fracasado. El nuevo gobierno, presidido por José Giral, abrió los polvorines y repartió las armas que la revolución precisaba.
Claves
>El Gobierno de Casares Quiroga se deshizo el 18 de julio de 1936 atrapado en un dilema: derrotar a los sublevados, pero sin dar pie a la revolución.
>La UMRA, la Unión Militar Republicana Antifascista, dispuesta a crear un ejército de nuevo cuño que ejerciera de punta de lanza de la dictadura del proletariado, creó una estructura militar paralela que dejó inerme a la República burguesa.
>En el campo rebelde, la improvisación dejó al Movimiento en una delicada situación. El que consiguieran retener en las primeras semanas el territorio sublevado y lanzarse a la ofensiva, sólo se explica desde la incapacidad de la República para afrontar el doble desafío: la rebelión de las derechas y la revolución de las izquierdas.

