Muertos de una guerra lejana Las víctimas de la lista serán, pues, los que murieron en las checas de Santa Úrsula y de los Escolapios y los dirigentes de aquellos macabros centros, ejecutados después. Todos murieron en el curso de la misma locura y
Muertos de una guerra lejana
F. P. PUCHEFPPUCHE@LASPROVINCIAS.ES/
El día 12 de enero de 1937, Valencia fue bombardeada desde el mar por un buque de guerra del bando llamado nacional. Durante la guerra civil española, Valencia, capital de la República, fue objeto de 442 bombardeos, raids, ataques o alarmas, que según el historiador Ricard Blasco causaron 825 muertos y 2.831 heridos. Que son muchos, muchísimos, para una ciudad que tenía 79.205 habitantes, la décima parte de los actuales.
Aparte de estas víctimas, en la ciudad de Valencia, y cito textualmente palabras extraídas del libro escrito en el exilio por José Rodríguez Olozábal, que fue presidente de la Audiencia en aquellos durísimos años, “se enfrentaron un Estado en destrucción y un Estado en construcción, produciéndose en ambos casos un vacío de autoridad que los individuos, grupos y partidos trataron de llenar a su manera. Una parte de esas actividades extraoficiales se orientó hacia la eliminación del adversario, y así surgió, en ambas zonas, el terror”. El propio don José, para testimonio, dejó escrito lo que le supuso quitar de la Audiencia la bandera de la FAI, reunir al comité que desplegaba cada noche la ola abrasadora del terror y conseguir que aquella locura, en la medida de lo posible, se encauzara ante algún formato de tribunal con visos de justicia.
Tiempo después hay un deseo de saber. Y no es ilegítimo. Pero lo primero que deberíamos saber, si es que queremos saber, es que las víctimas de ese terror habrían de ser tanto los que aparecieron asesinados en el camino del Saler como los fusilados después del conflicto en consejos de guerra sumarísimos. Las víctimas de la lista serán, pues, los que murieron en las checas de Santa Úrsula y de los Escolapios y los dirigentes de aquellos macabros centros, ejecutados después. Todos murieron en el curso de la misma locura y son merecedores, tiempo después, de respeto. Porque hablamos de nacionales y republicanos en un proceso de esquematización muy burdo y resulta que en el mismo coro de víctimas están los miembros de la Columna de Hierro, anarquistas, que murieron en la plaza de Tetuán cuando les dispararon desde el palacio de Cervellón otros defensores de la misma República pero con bandera comunista. ¿Cuántos muertos hubo en aquel aquelarre del entierro de ‘‘El Chileno”? ¿Y quién le ahorcó la noche anterior en el Saler para desatar la cólera de los suyos? Nadie se ha molestado en comprobar si ya era delincuente antes de la revolución como el libro de don José insinúa ni mucho menos en averiguar en qué lugar recibió sepultura. Seguramente es mejor: descanse en paz y que los muertos entierren a sus muertos. Los debates de 2006 deben ser otros.
Sin embargo, estamos ahora con lo que estamos, en un proceso que no sé adónde puede llevar. ¿Dónde fue enterrado el niño que la nuera de Azaña se encontró sin cabeza dentro de un taxi cuando horrorizada quiso huir de un bombardeo? Es legítimo investigar, y hasta podemos considerarlo académicamente obligatorio. Pero yo soy muy precavido con los usos políticos que se puedan dar a los hallazgos. Aquí se requiere mucha ciencia y paciencia, pocos prejuicios y muy buen juicio.
Todo es guerra, todos son víctimas y todos fueron enterrados en alguna parte. Como siempre pasa en las guerras: a trozos, deprisa, con asco y a oscuras. El asunto está en si lo destapamos, cómo lo destapamos y con qué finalidad lo hacemos. No obstante, para lo que siempre vamos a estar a tiempo, por encima de dictámenes e investigaciones, es para lo más juicioso: labrar una placa en homenaje a la memoria de todos los que murieron soñando que daban la vida por una España mejor. Vale muy pocos euros, aunque a lo mejor necesita una fuerte inversión en lo más caro: voluntad de convivencia.
Por lo demás, también tiene delito que en la ciudad que ha engullido su huerta y ha sitiado con edificios descomunales los cementerios de sus pedanías no tengamos otros lugares para enterrar difuntos.

