'Memoria histórica' Eso dicen muchos, seguro que sin saber lo qué dicen.
JOSE MARIA HERCILLA: 'Memoria histórica'
Fecha Viernes, 28 abril a las 00:00:00
Tema Política
Eso dicen muchos, seguro que sin saber lo qué dicen.
¿Y que va a ser la memoria, si no es histórica? ¿Va a ser memoria futura? Porque no creo que haya nadie que pueda afirmar lo contrario. La memoria siempre hace referencia a tiempos y cosas pasadas, nunca al presente –que todavía se está gestando y no ha entrado en la memoria, aunque esté en vías de hacerlo-, y mucho menos al futuro, que no sabemos si llegará a buen puerto y se transformará –en ese caso- en presente, dispuesto en breves segundos a memorizarse y ser pasado. Claro está que la historia cada uno la cuenta luego conforme le parece o con arreglo a lo que le pagan e indican. Sin exagerar mucho casi se puede afirmar que hay tantas historias como historiadores la cuentan. Y –en ocasiones- la mienten. Lo difícil, muchas veces, es saber cual de las historias es la verdadera, si la que se escribe o la que realmente fue. Hablar de “memoria histórica” es una inútil y pedantesca redundancia que a nada conduce, ni nada de nuevo aporta a la intención del pensante. Si lo que se pretende pensar sucedió en vida del pensador y si además éste fue testigo de ello, hay una presunción de verdad en su pensamiento y en lo que nos manifiesta. Por lo menos en cuanto no pueda probarse en su contra que interesadamente deformó la realidad de los hechos recordados, pues no podemos olvidar aquello que se dice al respecto, de que al recordar –incluso de buena fe y con rectas intenciones- hasta el más fiel recordador tiñe su recuerdo con arreglo a las circunstancias personales que vivió en aquellos momentos de entonces, ahora evocados. Es lo del dicho de que “todo tiempo pasado fue mejor”. Tal vez, también, en algunos casos, pudiera ser que peor. Es absurdo pero es así, la distancia de los hechos los agranda y magnifica, tanto para lo malo como para la bueno. Y al agrandarlos, pierden precisión, como con todo pasa. Pongo como ejemplo personal, por ser éste el que tengo más cerca y que mejor conozco, el recuerdo de mi Plaza de la Miranda, en el Mahón de mi infancia, lugar de mis juegos y esparcimientos, que guardaba celosamente en mi memoria, y que, cuando volví a verla, después de haber faltado muchos años de la isla, me pareció mucho más pequeña de cómo yo la recordaba cuando me fui, en 1940, igual de bonita, pero de menor tamaño. Si yo había doblado el mío, ella lo había disminuído en la misma proporción. Era en 1984, cuando yo escribía el soneto “He vuelto a aquella Plaza”, hablando de mi viaje -de visita- a “sa illeta” y que decía así: ”He vuelto a aquella Plaza de mi infancia / que mis juegos y risas acogía, / y al contiguo jardín que desprendía / para mí su aromática fragancia. He vuelto, vencedor de la distancia / que alejado de ti me mantenía, / creyendo que al vencer la lejanía / podría revivir mi blanca infancia. Mejor me hubiera sido mantenerme / alejado por siempre y no meterme / en querer revivir tiempo pasado. (La Plaza y el jardín se me han quedado / más cortos, más estrechos y pequeños / que el jardín y la Plaza de mis sueños.)”” Bueno, pues eso, que aún habiendo sido testigo presencial de las cosas y de los hechos guardados en la memoria, muchas veces hay que poner en cuarentena lo que cada uno de nosotros dice que de ellos recuerda, sobre todo si además añade –al contarlos- que “los recuerda como si hubiese sido ayer.” Y, a lo mejor, sucedieron hace setenta años, tal como ahora pasa con los que mueven interesadamente algunos, que tal vez no llegan –ellos- a los cuarenta. Y nos hablan de lo que no vieron, ni saben con certeza. De una “memoria histórica”, que -de entrada- no es memoria, pues no fue vivida por ellos; y -de salida-, si acaso la pretenden histórica, hay que ponerla en cuarentena y no admitirla como artículo de fe hasta que se haya contrastado fielmente con la realidad, eliminando de las “historias” leídas todas las torceduras a que fueron sometidas para dejarlas a gusto de los escribidores o de los mecenas que les sostenían –a éstos-. Cuando esa rimbombante “memoria histórica” atañe a cosas, sucesos, hechos o dichos, etc., etc., anteriores al sujeto que la trae a colación –la memoria-, entonces causa asombro, tanto la parcialidad del mismo como la superficialidad de su conocimiento. De su parcialidad él es responsable –el sujeto-, en ocasiones también quienes le mantienen y pagan salario; de la superficialidad de lo que quiere evocar sin haberlo vivido, la culpa es de quienes interesadamente escribieron torcido de ello o, como también se dice, arrimaron el ascua a su sardina al relatarlo. Quién esto escribe, octogenario, ha vivido muchos acontecimientos y felizmente guarda fiel memoria de hechos y personas que conoció de cerca, y muchas veces, al leer lo que se escribe de los mismos –de ellos y de ellas-, no acierta a comprender como es posible distanciarse de la verdad tan descaradamente. Decía yo en una poesía de 1.999, titulada “Historiadores hay”, entre otras cosas, que: “”Cualquiera parecido que encontrares / con la Historia real y verdadera, / desde aquí te prevengo formalmente / que ha de ser una simple coincidencia””, invitando a poner esta reflexión en el prólogo de muchas historias, como prudente advertencia al lector. Estaba yo por entonces leyendo unos libros de historia moderna y me maravillaba de ver como el historiador jugaba con la verdad, contándola a su antojo y haciendo aparecer como villano al que sólo lo era a medias. Se trataba de hechos que yo conocía de cerca y había vivido. Pero así se suele escribir la historia, sobre todo cuando con ella se pretende “educar para la ciudadanía”, como se dice ahora. ¿No sería mejor educar para el libre razonamiento? Lo de “ciudadanía” es un subterfugio para no llamarnos contribuyentes, que es nuestro verdadero destino –aunque no sea en lo universal-, para el que hay que educarnos desde niños. Nacimos “paganos”, y “paganos” moriremos. Lo de llamarnos ciudadanos casi es una mofa. Ya lo he escrito y citado otras veces, pero creo oportuno repetirlo aquí. Se trata de aquellas palabras que Voltaire ponía en boca de Micromegas –en obra titulada así: “Micromegas”-, presunto habitante de la estrella Sirio, al dirigirse éste a Nain, del planeta Saturno, en las que le decía: “Je vais raconter ingénument comme la chose se passa, sans y rien mettre du mien; ce qui n’est pas un petit effort pour un historien”. Traducido libremente, puede leerse: “ Te voy a contar sencillamente como sucedió aquello, sin añadir nada por mi cuenta; lo que supone no pequeño esfuerzo para un historiador”. ¡Elocuente! Admira oir a tanto político joven –para mí, todos lo son-, hablar de aquella guerra que abrumó a los españoles hace setenta años, como si la hubiesen vivido y sufrido en sus carnes, y todo para ensalzar a una de las partes del litigio y condenar a la otra, cuando es lo cierto que en una guerra podrá haber vencedores y vencidos, sí, pero lo que no puede haber nunca es buenos y malos. Por definición, por exigencias del guión, todos los que luchan cometen barbaridades, son malos necesariamente, y cometieron maldades, muchas de ellas horribles, pero tanto los unos como los otros. Todos, a cual más. Y eso de ponerse a pontificar sobre lo que sucedió hace setenta años, sin haberlo conocido y vivido, es ridículo. Y además, con propósitos electorales, poner sobre la mesa los muertos de un lado, a los que vamos a desenterrar “ostentóreamente” para que nos sirvan de prueba de la validez de nuestros ideales, olvidando los muertos ajenos, a los que vamos a dejar donde estaban, calladitos y olvidados, ignorándoles, eso podrá ser políticamente correcto, pero no lo es éticamente. Claro que la ética nada tiene que ver con la política. Por desgracia. Si a los políticos se les exigiera la ética, en una especie de oposición al cargo que ocupan, habría muchos menos. Políticos, no cargos. De éstos –cargos-, cada día hay más, y así nos luce el pelo. Pero allá cada cual con su forma de entender la historia. Yo sigo entendiendo que hablar de ella sin haberla vivido, es como si yo me pusiere a hablar y pontificar sobre la conducta guerrera de franceses y españoles en la toma del cerro de Arapiles –que tengo aquí cerca, al lado de Salamanca, al alcance de la mano-, cuando la invasión napoleónica de 1808, basándome para ello –para hablar y opinar- en la lectura de historiadores diversos. Cuando vuelvo la vista a mi lejana Menorca y dejo salir a la superficie mis memorias juveniles, lo mismo recuerdo los primeros doce muertos de Es Freus (del 2-8-36), que luego los ochenta y siete muertos de La Mola, o después los presos del barco cárcel Aragón, muertos en el muelle del puerto de Mahón, en la proximidad de Calafiguera, o el párroco de Ferrerías, muerto por no renegar de su fe, amén de otros muchos, algunos de ellos conocidos por ser amigos de mi padre, además de clientes, que fueron muertos antes de acabar la guerra; lo mismo recuerdo a éstos que recuerdo los vengativos juicios sumarísimos realizados por los “nacionales” –a grupos de personas, en pequeños bloques juzgados- después de la entrega voluntaria de la isla a las tropas de Franco, a alguno de los cuales –de los juicios- asistí y de ellos salí horrorizado y avergonzado. Sobre todo, lo último. Aún me dura la vergüenza sentida entonces. Descansen todos ellos –los muertos- en paz, unos y otros, ¡todos!, no en una absurda compensación de culpas y agravios, sino en un mutuo perdón y en un razonable deseo de vivir en paz nosotros, sin muertos que exhumar y tirarnos a la cara, como si fuesen pedradas, sobre todo si el lanzamiento viene de gentes que no vivieron aquellos trágicos días, que amparan su absurda conducta en esa redundancia de la “memoria histórica”, que –en este caso- ni es memoria de ellos, ni la historia que les cuentan, o nos cuentan, es imparcial. Casi ninguna lo es, desgraciadamente. ¿Por qué no dejaremos el pasado en paz? Iluso el que crea que en aquellos tiempos imperaba la rectitud en una de las partes y no en la otra. Fue tiempo de bajezas y venganzas, pero por parte de todos. Como sucede en todo tiempo revuelto. El mundo enloqueció de repente y todos rivalizaron en demostrar quién era más burro y por consiguiente el más cruel. Ya, creo, nadie recuerda en Mahón un atroz acto de canibalismo, del que se habló mucho por entonces, con indicación incluso del bar o taberna donde se guisó aquello. Prefiero no dar más detalles. ¿Para qué revolver miserias?. Eso yo no lo vi, pero fue de dominio público por entonces. ¿Y para qué seguir recordando? Hurgando en el pasado –en esa tonta y redundante, amén de inútil, “memoria histórica” que algunos han sacado del armario-, todos tenemos cosas de qué avergonzarnos, desgraciadamente… Y el que esté libre de pecado, que levante la mano. Y que pase a demostrarlo. Además. (Ya no se fía uno de nadie). --- José María Hercilla Trilla. Salamanca.
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Arevacos dijo
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28 Abril 2006 | 08:22 AM